A propósito de la celebración del pasado domingo, día en que los padres son homenajeados (a veces injustamente), aprovecho para recordar el acercamiento de un aniversario más de la muerte del representante de uno de los géneros musicales más despreciados (tal vez por desconocimiento) en el Perú: la chicha. Así pues, hoy, 26 de junio, se celebran 17 años de la partida de un grande de los grandes, querido y respetado (sí, respetado) por la gran mayoría de sus seguidores, sus compañeros y amigos del medio musical. Me refiero al señor Lorenzo Palacios Quispe, más conocido como Chacalón.
Me confieso Chacalonero desde los 14 años de edad, y hasta ahora las canciones de Papá Chacalón hacen que me sienta orgulloso de mi patria y de su gente provinciana (término curioso porque resulta siendo que Lima también es "provincia"). Me siento orgulloso porque una sociedad provinciana tan particular como la nuestra es difícil de encontrar en algún lado. Una sociedad que, a pesar de ser sufrida, marginada y pobre (a pesar que AGP diga lo contrario), siempre tienen ganas de salir adelante, por más adversidades que les pueda presentar la vida. Y es justamente a eso que le cantaba el Ángel del Cerro San Cosme: al desamor, al desengaño, a la desigualdad, pero por sobretodo, a la esperanza (“… sólo tengo la esperanza, ay ay ay de progresar”, reza una de sus letras) de todo un pueblo que lo idolatraba y admiraba.
Proveniente de una familia numerosa, su vida fue como música, intensa y con sentimiento, compartiendo lo que un día no tuvo con sus vecinos, amigos y, en general, con todo aquel que lo necesitara. La mezquindad no era su característica, y más bien su amplia generosidad fue a mi entender lo que lo llevó a esforzarse al máximo para darle a su público lo mejor de sí y consecuentemente caer enfermo para luego morir. Así pues, aun enfermo, relatan los del círculo más cercano, no dejaba de pensar en el trabajo, pero no con el ánimo de lucro, sino para compartir su arte con ese pueblo provinciano, tan provinciano como él. Dejó un único heredero varón, José María, (su otro hijo, Satoche, fue asesinado en un lío con la Policía) a quien muy probablemente le quedó grande el nombre artístico y el apellido. Claro está que no fue su culpa, con 13 años, reemplazar a un titán como su padre no debe haber sido oficio fácil, además, el hecho que Dios no lo bendijera con una voz tan particular como la de su padre, es otro agravante que pesa sobre Chacalón Jr., quien hasta ahora se encuentra en el medio artístico.
Canciones como “María Teresa”, “Guardo mi lamento”, “Triste y Abandonado”, el celebérrimo “Muchacho Provinciano”, “Viento”, entre otras, forman parte de un repertorio hecho para un Perú de adentro, (como dirían coloquialmente de Viena…rriba del Cerro) que vino a conquistar la “capital”. La carpa Grau fue su Broadway, los obreros, trabajadoras de hogar y “faites” a granel su público delirante, los chuzos y el alcohol estaban siempre a la orden del día y las batallas campales eran de campeonato (bueno, así lo relataban los cronistas de la época). Sin embargo, durante el desarrollo del concierto, bastaba un solo “¡carajo!” bien puesto de don Lorenzo para apaciguar los efectos de los tragos espirituosos ingeridos en esos tonazos de antaño, porque lo respetaban, porque lo querían, porque era Chacalón.
Es así pues que solo me queda decirle Don Lorenzo, que si bien ya no está más físicamente entre nosotros, su espíritu, su legado y su historia siempre formarán parte de la gran leyenda que es usted.
Gracias por todo, Papá… Chacalón!
P.S. Les dejo un video en vivo. Uno de los pocos que están como registro imborrable de su arte.
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